Campamento de Horten. A las afueras de Bolduque. Una hora después.
—¡Es una orden! —gritó el maestre Juan del Águila a Domingo—. ¡No debéis volver allí! ¡No os lo estoy pidiendo, os lo estoy ordenando, Domingo!
—¡Excelencia, debo volver con el capitán y debo informar de que mañana Mansfeld tendrá cincuenta navíos disponibles para atacar! ¡Además, el capitán Sancho no se encuentra bien desde que mataron a Pablo! ¡Debo estar a su lado! ¡Ahora me necesita él a mí! —replicó el joven.
—¡Domingo, os prohíbo volver al dique, os necesitamos aquí! ¡Allí ya hay demasiados soldados!
El maestre no daba su brazo a torcer y bajo ningún concepto quería que volvieran al dique los soldados que ya habían sufrido la peligrosa travesía de ida, con la pérdida del capitán Melchor incluida. Juan del Águila también le tenía gran aprecio a Domingo, ya que durante el sitio de Amberes mantuvieron muchas conversaciones, forjando una gran amistad y simpatía mutua. El maestre era consciente de la valía del muchacho y sabía que podía llegar lejos en el ejército. No deseaba que se pusiera en riesgo de forma innecesaria. El carácter y actitud del chico eran reveladores y deslumbrantes para el maestre.
—El alférez Zambrana, junto con los marinos que le acompañan, llevará la noticia; esa es su misión, no la vuestra. Vos ya habéis cumplido con creces.
—¡Excelencia!, sabéis que os profeso un gran respeto, pero esta vez, para detenerme, me tendréis que disparar. No voy a obedeceros. Si no vuelvo con el alférez y los marinos, regresaré en la barcaza con la que hemos llegado hasta aquí, pero voy a regresar.
—Si desobedecéis mi orden, no dudaré en disparar, aunque me duela en el alma. En los tercios no permitimos la desobediencia y lo sabéis de sobra, Domingo.
—En los tercios no debemos desobedecer ni debemos desamparar a los soldados que nos necesitan. Ahora, excelencia, para mí, prevalece la desobediencia a la deshonra. No abandonaré a mi capitán. Haced lo que tengáis que hacer.
—¡Maldito terco! ¡Pardiez, Sancho te ha enseñado bien! ¡Maldita sea, volved si es lo que deseáis! ¡Insensato!
En ese preciso instante, Domingo ya no pronunció una sola palabra más. Se dio media vuelta, salió de la tienda y se dirigió a la barcaza del alférez. Los soldados que le habían acompañado se despidieron de él; prefirieron no arriesgarse de nuevo, ni en la travesía, ni en mantener una acalorada discusión con el maestre de campo Juan del Águila.
La barcaza estaba cargada con algunas hogazas de pan y mantas secas. Ruud se acercó antes de que partieran, abrazó al joven y le deseó suerte.
—Cuidad de Ángelus, hijo.
—Lo haré, señor. Y vos no hagáis esfuerzos innecesarios. Nos volveremos a ver pronto…
Haz clic aquí: El dique de Dios
