Fragmento del Velas Rotas.

Recibió McClancy a Cuellar en su casa sentado en su trono de madera como un lobo viejo con los huesos cansados, pero los colmillos afilados. La estancia olía a humo, a perro mojado y a una asquerosa sopa de cebada. Al fondo, rascaba un fuego con desgana un caldero, y dos hombres de confianza apoyaban las espaldas contra la pared, sin abrir la boca, pero con las manos cerca del acero.

—Capitán de Cuéllar —le dijo McClancy, sin levantarse—. Habéis visto lo que hay y sabéis que esto aún no ha terminado.

No respondió el español de inmediato. Miró el entorno con desconfianza, y la sensación era de retorno a la guarida del oso que una vez le dio cobijo… pero que también podría arrancarle la garganta si tenía hambre.

—¿Y qué necesitáis de mí? —le preguntó al fin.

Alzó una ceja McClancy, sorprendido, sin esperar educación, sino hechos.

—Sin lugar a dudas sois valeroso. —Hizo un gesto a sus guardias para que abandonaran el lugar.

Detrás del capitán, el viento aulló entre las rendijas de la puerta, como si también esperase la respuesta.

El interior de la casa era oscuro, cavernoso, como la garganta de un lobo. Se cerró la única puerta, baja y recia, con un travesaño de roble más grueso que el brazo de un hombre. Dentro, rezumaban humedad las paredes de piedra, como si respiraran el mismo aire salvaje que soplaba desde los acantilados. El techo de paja dejaba filtrar un hilo de humo gris que se enroscaba hacia un artesonado ennegrecido, donde colgaban racimos de cebollas secas, tiras de carne curada, y un tosco crucifijo, tallado con un cuchillo, probablemente aún más tosco…

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