
A veces me pregunto qué es lo que deseamos de verdad las personas. No se trata de qué queremos comprar, conseguir o alcanzar mañana, sino qué queda cuando apartamos todo lo accesorio y nos preguntamos, con sinceridad: ¿qué necesito para ser feliz y estar tranquilo?
Las respuestas serán muy diferentes. Algunos dirán amor; otros, éxito, dinero, libertad, viajar, realizarse profesionalmente o cumplir algún sueño que llevan años persiguiendo.
En mi caso, cada vez lo tengo más claro: salud para mi familia, pa mis amigos y para mí; también, como es lógico, paz y tranquilidad.
Puede parecer poco. Incluso demasiado sencillo. Pero con el paso de los años uno empieza a descubrir que quizá las cosas verdaderamente importantes son las más sencillas.
Cuando somos jóvenes imaginamos la felicidad como una suma de cosas, anhelos: tener más, conocer más lugares, alcanzar determinadas metas, mejorar nuestra posición, conseguir aquello que todavía nos falta…Nunca es suficiente. Sin embargo, llega un momento en que sentimos que la felicidad comienza a parecerse mucho más a la ausencia de ciertas cosas: que no haya enfermedad, que no llegue una mala noticia, que nuestros hijos estén bien, que las personas que queremos sigan sentándose a nuestra mesa, que podamos acostarnos por la noche sin una preocupación que nos impida dormir.
Y entonces es cuando comprendemos algo curioso: una vida normal puede ser una vida extraordinariamente feliz sin que nos demos cuenta. Además, si lo pensamos bien, suele serlo.
Levantarse una mañana cualquiera, desayunar tranquilamente, saber que la familia está bien y continuar con nuestras pequeñas ocupaciones cotidianas parece algo insignificante. Hasta que algún acontecimiento rompe esa normalidad. Es entonces cuando descubrimos que aquello que considerábamos rutinario era, en realidad, uno de nuestros mayores tesoros. Pero todavía podemos ir un poco más lejos.
Supongamos que pudiéramos garantizar todo eso. Salud, estabilidad, seguridad, bienestar para nuestros seres queridos. Supongamos incluso que desaparecieran nuestras principales preocupaciones.
¿Estaría entonces completamente satisfecho nuestro corazón?
No acabo de estar seguro. Porque existe en el ser humano una extraña insatisfacción. Conseguimos algo que deseábamos profundamente y, después de un tiempo, aparece otro deseo. Alcanzamos una meta y surge otra. Encontramos seguridad y comenzamos a temer perderla. Y, sobre todo, hay algo contra lo que ninguna seguridad humana puede protegernos completamente: el paso del tiempo.
Queremos a nuestros padres, a nuestra pareja, a nuestros hijos, a nuestros amigos. Precisamente porque los queremos, deseamos que ese amor permanezca. Nos cuesta aceptar que aquello que más valoramos pueda desaparecer algún día. Quizá por eso el ser humano no solo busca felicidad. Busca permanencia. Busca que aquello que ama no termine.
Y aquí la pregunta deja de ser solamente psicológica o filosófica y empieza a rozar lo religioso.
San Agustín escribió al comienzo de sus Confesiones una de las frases más hermosas del pensamiento cristiano:
«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Tal vez esa inquietud de la que hablaba Agustín explique muchas cosas. Buscamos amor, pero queremos un amor que no termine; buscamos felicidad, pero queremos una felicidad que no pueda arrebatarnos una desgracia; buscamos salud, pero sabemos que nuestro cuerpo es frágil; buscamos seguridad, aunque sabemos que nada en este mundo es completamente seguro.
Quizá nuestros pequeños deseos cotidianos sean manifestaciones de un deseo mucho más profundo. Quizá cuando pedimos salud estamos pidiendo, en el fondo, vida; cuando pedimos tranquilidad, estamos buscando paz; cuando deseamos conservar a quienes queremos, estamos pidiendo que el amor venza al tiempo, y cuando deseamos que todo aquello que ha dado sentido a nuestra existencia no desaparezca definitivamente, estamos rozando, consciente o inconscientemente, la eternidad.
No sé si todos los seres humanos deseamos exactamente lo mismo. Seguramente no.
Pero sospecho que, cuando vamos retirando una capa tras otra —dinero, éxito, reconocimiento, posesiones, ambiciones—, terminamos encontrándonos en un territorio sorprendentemente parecido. Queremos amar, queremos ser amados, queremos vivir, queremos que aquellos a quienes amamos estén bien, queremos paz. Llegamos a lo mismo. Y, quizá en lo más profundo de nosotros mismos, quisiéramos que nada verdaderamente bueno tuviera que terminar jamás.
Tal vez ese sea uno de los grandes misterios del corazón humano. Y tal vez sea también el lugar y el momento exacto donde comienzas a plantearte de una forma más seria a Dios.
Salvador F. Pous

Com degué dir algun setciències grec o Roma, la felicitat és ser feliç, com? Mira lo que necessites, mira lo que et sobra, conformat amb lo millor que puges tindre, no vulgues coses impossibles, sino coses necessàries, fes feliç a la gent que t envolta i tu també seràs feliç, o no, es tant difícil la felicitat i tan fàcil donar consells, (després de llegir, oblideu lo que he escrit, només vosaltro sabeu lo que vos convé, i, un consell és com un cul, cadescu en te u) disfrute de la vida i agafeu cada día amb les dos mans i exprimiulo, ale, a cuidarse smics